Tres historias
de la España vacía


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SAMUEL MARTÍNEZ RODRÍGUEZ


GINA FÀBREGAS (ilustraciones)
NEREA DE BILBAO (diseño y gráficos)

Interesó por igual a Franco, a Lorca o a la Institución Libre de Enseñanza. Cuerda o Buñuel la filmaron y Cervantes, Azorín o Machado la escribieron. La España lejana a las urbes siempre despertó intereses dispares, pero profundos. Sin embargo, esa atracción por lo rural parece residir más en aquellos que lo disfrutan el fin de semana, que en los que lo viven y lo bregan. La gente se va. Lo hacen especialmente los jóvenes, que se largan a la ciudad a buscarse la vida, hartos de encalomarse a un peñasco para encontrar una mísera rayita de wifi.


Pero hay algunos que resisten y, sobre todo, se resisten. Aunque, como apunta Sergio Del Molino en España Vacía: Viaje por un país que nunca fue, “cuanto más pequeño es un pueblo en España, más difícil es encontrar vecinos de menos de 50 años”, hay algunos que rompen la norma y aceptan el reto. Es el caso de Arnau Riba y Pau Gelman, que encontraron su oro particular en el cultivo del wasabi y no dudaron en apostar por el campo. O el de Marcos Garcés, que no quedó convencido con la vida urbana cuando estudió Sociología en Valencia y volvió a Bañón (Teruel) a ser ganadero y agricultor. Y tan distinto como parecido es el caso de Víctor Sanz, que dedica su vida a la música y a la enseñanza en un pueblo segoviano de 85 habitantes.

Los tres casos son una excepción, pero apuntan con el dedo al único camino por el que se puede plantar cara a la despoblación, un mal que amenaza con extinguir muchos pueblos españoles y diluir en la tierra su carácter, sus tradiciones y su futuro.


Cuando uno pasea por la ribera mediterránea no tropieza con cultivos de wasabi, a no ser que llegue hasta Viladrau, un pueblo catalán de algo más de mil habitantes. Ahí se plantaron –nunca mejor dicho– Pau Gelman y Arnau Riba, los dueños de una de las pocas plantaciones que existen en Europa. Mientras Riba decidió dejar Barcelona para irse a vivir al pueblo hace casi una década, Gelman todavía vive en la ciudad condal y se desplaza una vez por semana a Viladrau. “Es interesante tener un pie en el pueblo y otro en Barcelona”. Así, los dos amigos alcanzan a controlar todas las aristas del negocio: una empresa agrícola no es solo plantar, regar y recoger; también hay que crear una imagen corporativa, establecer relaciones comerciales y un largo etcétera que parece ser más llevadero desde la urbe.

La España rural está cada vez más vacía de jóvenes porque hay pocas oportunidades, pero algunos se las inventan. Riba lo vio muy claro con el wasabi y, cuando le explicó la idea a Pau Gelman, ambos se pusieron manos a la obra. Teniendo en cuenta que la broma comenzó de forma oficial en 2016 y que el wasabi tarda dos años y medio en poder cosecharse, no recogieron la siembra hasta 2018. Muy mala visión no tuvo Riba porque, solo dos años después, los barceloneses ya proveen de wasabi a los mejores restaurantes de Cataluña y a estrellas Michelin como Martín Berasategui o Jordi Cruz. A la finca donde tienen los cultivos apenas llegan los servicios más básicos –tienen luz gracias a unas placas solares–, pero todo eso no representa un problema para ellos. “Estamos bien como estamos”.


Marcos Garcés necesitó irse un par de días a la playa para tomar una de las decisiones más importantes de su vida. Los cines, las tiendas, el ocio, el gentío, los atascos y el ajetreo acabaron por ‘tener su punto’ para un chaval que siempre había querido trabajar en el campo. Mientras estuvo estudiando Sociología en Valencia, no había fin de semana que no regresara a su Bañón, una villa turolense de 153 habitantes, pero cuando hubo terminado le asaltaron todas las dudas del mundo –las del rural y las del urbano. ¿Volver al pueblo, o buscar otra vida en la ciudad? A fecha de hoy, se puede afirmar que la brisa marina le vino bien. Medio indignado, Garcés, que hoy gestiona una granja con 12.000 cerdos, reflexiona… “Cuán duros tienen que ser los clichés de la vida rural para que un chico tan convencido como yo se planteara irse”.

Como arguye Garcés, el ruralismo sufre de una serie de clichés, pero no aparecen por arte de magia. “El campo se tiene que abrir a las nuevas tecnologías y las administraciones nos lo tienen que facilitar. Si podemos conectarnos a internet, será más fácil crear trabajo”. Pone el acento en la conectividad de la misma forma que lo hacen Ángeles Rubio y Guillermo Vázquez en el informe ‘Juventud Rural y Desarrollo’, que coordinaron en 2018 para el Injuve. Desde Bañón, Garcés también reconoce que es necesario proveer de más recursos a los jóvenes. “Al fin y al cabo, yo tenía tierras y una explotación agrícola”. En su caso, pudo decidir entre marcharse o quedarse, pero la gran mayoría se ven obligados a migrar.


Cuando Del Molino habla en su libro de que los habitantes de la España Vacía deben empoderarse y coger las riendas de sus tradiciones –que no tienen que serles impuestas­– parece que señale directamente a Víctor Sanz. Se fue a Madrid, estudió Musicología, un máster en música hispánica y volvió a Caballar. Actualmente, además de ejercer de maestro de música en el colegio de Turégano, una localidad de 979 habitantes cercana a su pueblo, se dedica a preservar e investigar el folclore segoviano. El culpable de su pasión por la dulzaina y todo eso de la tradición fue, en gran medida, un profesor que tuvo cuando era pequeño. Unos años después, Sanz ya ha publicado un disco, un libro y varios artículos de investigación.

“Tenemos que librarnos de esa visión tan pesimista de los pueblos y el campo”. Tanto él, como Marcos Garcés, Arnau Riba o Pau Gelman han dado con la tecla. Han hallado tres fórmulas distintas para tres vidas que –aunque no gocen con las comodidades urbanitas– coinciden en que son felices. Cabría preguntarse si, con un poco más de voluntad por parte de la Administración, como piden los expertos, muchos más jóvenes podrían replicar con éxito procesos similares.

Cuando el alcalde de Peñafría, la localidad ficticia que centra la trama de la serie de Telecinco El pueblo, dice “¡Qué cosa ésta de la agonía demográfica!”, pareciera que se trata de un problema reciente. Nada más lejos de la realidad. A grandes rasgos, el éxodo campo-ciudad empezó a representar un problema para la España rural en torno al 1950, cuando las ciudades de Madrid, Barcelona y Vizcaya se vieron desbordadas por la llegada masiva de nuevos vecinos. Desde aquel momento, la diferencia poblacional entre las zonas urbana y rural del país no ha dejado de ensancharse.

Hoy, solo un 3,5% de la población total española son jóvenes de entre 16 y 30 años que viven en el ámbito rural. Los que quedan piden mejores servicios, proyectos sensatos y específicos para cada zona y, por favor, conectividad. Si les hacen caso, tal vez en el próximo reportaje no sea necesario que Víctor Sanz tenga que atender al periodista a unos kilómetros de su casa, en el coche, porque en Caballar no hay suficiente cobertura.

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